Diez años dan para muchos crímenes. Al menos, si hablamos de literatura, cine, cómic y de ese territorio cada vez más amplio y difícil de delimitar que llamamos género negro. Cuando VillaNoir echó a andar en 2017, Ricardo Bosque había imaginado algo bastante más sencillo: presentar de vez en cuando una novela negra en la biblioteca de Villanúa. Ana Etxabe, entonces concejala de Cultura, tenía otros planes. «De eso nada, hacemos una semana negra», recuerda. Al final fueron tres días. Y así empezó todo.
Una década después, VillaNoir ha cambiado de fechas, ha tenido que mudarse dos veces porque las salas se quedaban pequeñas y ha sobrevivido incluso a una edición, la de 2020, en la que una nevada dejó coches en la cuneta y a sus invitados prácticamente aislados en un restaurante. Una semana después, España se confinaba por la pandemia. Por el camino ha habido escritores, criminólogos, forenses, periodistas, dibujantes, cineastas, conciertos, teatro, mentalismo, vino y hasta público bailando durante un recital de lírica en la iglesia de San Esteban. «Que no se entere el párroco», bromea Bosque.
Del 9 al 11 de octubre, VillaNoir llega a su décima edición sin fuegos artificiales ni cava corriendo por las calles. Bosque prefiere hablar de lo que ha permitido llegar hasta aquí: hacer cosas diferentes, mantener la cercanía entre autores y público y aprovechar precisamente aquello que podía parecer una desventaja, organizar un festival nacional desde un pequeño pueblo del Pirineo. «Somos cabeza de ratón en lugar de cola de león», resume. Y no parece preocupado por crecer mucho más. Incluso si algún día consigue traer a James Ellroy a Villanúa, dice, VillaNoir deberá seguir siendo pequeño, cercano y reconocible. Al fin y al cabo, después de diez años, aquí casi todos se sienten ya parte de la familia. De una familia noir, naturalmente.
Diez ediciones de VillaNoir. Cuando en marzo de 2017 organizasteis aquel primer encuentro, se hablaba ya de la posibilidad de darle continuidad, pero ¿imaginabas realmente que llegaríais a una décima edición y, sobre todo, que VillaNoir llegaría a convertirse en lo que es hoy?
En absoluto. De hecho, mi planteamiento inicial era mucho menos ambicioso, articulado en torno a la presentación en la biblioteca de una novela de género negro cada uno o dos meses aprovechando mi amistad con un buen número de autores y autoras del país. Y fue Ana Etxabe, concejala de Cultura, quien dijo que de eso nada, que hacíamos una semana negra. Al final, dicen que en el término medio está la virtud y optamos por dedicar un fin de semana, de viernes a domingo, a programar una serie de actividades en torno al género. Y hasta hoy, diez años ya, con lo difícil que es mantener este tipo de propuestas en el tiempo.

Si tuvieras que mirar hacia atrás y señalar qué ha cambiado más entre el VillaNoir de 2017 y el de 2026, ¿qué elegirías? ¿Y qué permanece exactamente igual que entonces?
Han cambiado muchas cosas, desde luego. Empezando por las fechas -obligados por la pandemia y a pesar de que fue el único festival literario que no suspendió ninguna de sus ediciones por esta causa- y el lugar de celebración de las actividades que, afortunadamente, se nos ha ido quedando pequeño y ya nos hemos tenido que mudar dos veces.
Y continuando por la facilidad para convencer a los autores que nos visitan cada año: no es fácil llegar a Villanúa en transporte público desde ciudades alejadas y en la primera edición hubo que tirar de agenda y recurrir a buenos amigos dispuestos a cualquier tipo de desplazamiento. Ahora, VillaNoir suena en toda España y todo el mundo está más que dispuesto a venir. Será que tratamos muy bien a los autores y se ha corrido la voz de que montamos un muy buen festival.
Y lo que no ha cambiado es precisamente eso, que desde el principio decidimos hacer unos programas originales y muy variados, tratando de salir de lo que se hace en otras partes, no basándonos solo en las típicas mesas redondas que podrían aburrir a un público no especializado.
VillaNoir suena en toda España y todo el mundo está más que dispuesto a venir.
En 2020 decías que VillaNoir había nacido como un proyecto pequeño y que ya se había hecho un hueco entre los festivales españoles de género negro. Tres años después afirmabas que prácticamente todo el panorama noir español conocía VillaNoir. ¿Dónde situarías hoy al encuentro dentro del mapa de festivales de género negro del país?
Si atendemos al tamaño de las localidades en que se celebran los festivales y a los presupuestos que pueden manejar, está claro que hay un bloque compuesto por Gijón, Pamplona, Barcelona, Getafe, Valencia o Granada que juegan en otra división y a los que sería absurdo tratar de emular. Luego estamos los municipios medianos y pequeños que tenemos que jugar otras bazas, como la cercanía entre público y autores o el vínculo que se establece entre los propios invitados.
Y ahí estamos muy bien situados, desde luego: a juzgar por los comentarios tanto de participantes como de auténticos especialistas del género que se recorren el país de festival en festival, me atrevo a decir que somos una de las cabezas de ratón en lugar de cola de león. Y eso, conseguido desde el pueblo más pequeño de España en el que se celebra un encuentro de estas características, es mucho.
VillaNoir se celebra en una localidad pequeña del Pirineo y, lejos de convertirse en una limitación, esa dimensión parece haber acabado formando parte de su identidad. En 2022 hablabas precisamente de la ruralidad como vuestro hecho diferencial. ¿Hasta qué punto Villanúa ha terminado condicionando —para bien— la personalidad del festival?
Totalmente. Nuestra ubicación en pleno Pirineo, el tamaño del pueblo, nuestro paisaje, la nieve en las primeras ediciones celebradas a principios de marzo y los colores del otoño de los que disfrutamos desde el cambio de fechas a mediados de octubre nos hacen diferentes y creo que anima a que los invitados convivan durante un par de días y se sientan siempre como en casa.
Siempre me acuerdo de las palabras de Francisco Bescós, nuestro primer premiado con el Villanúa Rural Noir, que decía que VillaNoir era “como unos ejercicios espirituales desacralizados en los que, en lugar de rezar, hablamos de maldades y bebemos vino”. Creo que no hay mejor definición para nuestro festival.

Una característica que se mantiene desde prácticamente el comienzo es que VillaNoir nunca ha querido ser únicamente un encuentro de escritores. Por aquí han pasado literatura, cine, cómic, música, criminología, periodismo, gastronomía, true crime, brujería… ¿Esa mezcla de lenguajes es una de las claves que explican estos diez años?
Desde el primer momento entendimos que el público al que nos íbamos a dirigir estaría formado por aficionados al género pero no necesariamente especialistas en el mismo. Por tanto, ofrecer contenidos variados y rigurosos que permitieran conocer las múltiples facetas del mismo y las diferentes formas de afrontarlo era nuestra prioridad.
Por eso no quisimos centrarnos en una sucesión de mesas en las que los autores nos hablasen de sus novelas y optamos por diferentes temáticas en las que pudieran encajar de acuerdo con su obra publicada. Y por traer criminólogos, forenses, periodistas especializados en sucesos o incluso a una lingüista forense para que nos mostrasen cómo es su trabajo día a día, cómo es el crimen en la vida real; o a los mejores autores de cómic, otro modo de contar historias al que, en ocasiones, no se presta mucha atención en este tipo de festivales.
Y todo ello sin descuidar una parte más “lúdica”, ofreciendo conciertos, obras de teatro, espectáculos de mentalismo, monólogos de humor, talleres de cocina y hasta una cata de vinos en la que participó todo el público asistente para complementar una mesa de autores en la que la gastronomía criminal era la protagonista. Como bien apuntas, esa diversidad de contenidos es uno de los puntos fuertes de VillaNoir y un aspecto que siempre debemos mantener presente.
Ofrecer contenidos variados y rigurosos que permitieran conocer las múltiples facetas del mismo y las diferentes formas de afrontarlo era nuestra prioridad.
El cómic apareció ya en la segunda edición y ha terminado convirtiéndose en una de las señas de identidad del encuentro. Por VillaNoir han pasado autores como Antonio Altarriba, Keko, Juan Díaz Canales, Teresa Valero, Sagar Forniés, Miguel Ángel Giner o Cristina Durán. Este año vuelve con Cristina Hombrados, Javier Marquina y el taller de Luis Orús. ¿Por qué ha funcionado tan bien la relación entre VillaNoir y el noveno arte?
Pues esa es una de esas preguntas para las que no tengo una respuesta clara. El cómic siempre ha sido en España una opción un tanto minoritaria al menos cuando está dirigido a un público adulto, nada que ver con las cifras de ventas que se mueven justo al otro lado de nuestros Pirineos. Y, sin embargo, ha sido una propuesta muy bien aceptada en VillaNoir desde el principio e incluso hemos logrado nuevos adeptos a la causa, lectores habituales de novela que han descubierto en nuestro festival un modo de expresión que desconocían hasta el momento, de los que se habían quedado estancados en el Mortadelo pensando erróneamente que lo de los cómics era cosa de críos.
¿Las claves? Tal vez haber conseguido traer a los mejores autores del país que, además y muy importante, han sabido comunicar y contagiar su pasión por las viñetas y, por supuesto, contar en nuestro equipo con dos auténticos maestros como Cristina Hombrados y Javier Marquina: cuando se ponen a hablar de tebeos, nadie pestañea.
También desde las primeras ediciones habéis reservado un espacio para los niños y jóvenes. En 2020 llegaste a destacar VillaNoir por esa atención especial al público infantil y este año Luis Orús impartirá el taller ¿Quién ha matado…?. Diez años después, ¿habéis comprobado que el misterio y la investigación son realmente una buena puerta de entrada de los niños a la lectura?

Villanúa es un paraíso para los más pequeños: en verano pasan miles de chavales para participar en campus deportivos, la biblioteca programa un montón de actividades infantiles a lo largo de todo el año… VillaNoir no podía ser menos y, desde el inicio, decidimos que había que cuidar a nuestra cantera con talleres de cómic -por donde casi todos los ahora adultos hemos empezado a pillarle el gusanillo a la lectura-, juegos interactivos en los que deben resolver algún misterio, gincanas familiares… Siempre he pensado que la novela policiaca, de intriga, detectivesca, tiene un fuerte componente lúdico, y el juego, el desafío, siempre es atractivo para los más jóvenes.
Entremos en la edición de este año. El programa es más concentrado que en otras ocasiones, pero vuelve a mezclar disciplinas muy distintas. ¿Cuál ha sido el criterio con el que has construido esta décima edición? ¿Has querido que tuviera algún significado especial por el aniversario?
Para celebrar los diez años de VillaNoir no hemos querido hacer nada especial, no habrá fuegos artificiales ni correrá el cava por las calles del pueblo. Creo que lo mejor que podíamos hacer es mantenernos fieles a nuestra esencia y ofrecer al público buenos creadores, grandes comunicadores, actividades muy variadas que gusten a aficionados con intereses diferentes y una buena dosis de música y diversión. Alguna sorpresa puede que nos reservemos, eso sí, así que espero que nadie se pierda nada de esta nueva edición desde que arranquemos el viernes a las siete de la tarde.
Para celebrar los diez años de VillaNoir no hemos querido hacer nada especial, no habrá fuegos artificiales ni correrá el cava por las calles del pueblo.
El viernes VillaNoir vuelve a comenzar con música, esta vez con Cristina Puente. El jazz y la música han acompañado al encuentro desde aquel concierto inaugural del Trío Dilettanti en 2017. ¿La música se ha convertido ya en una especie de ritual de apertura de VillaNoir?
Creo que, excepto en un par de ediciones que hemos abierto con una obra de teatro o un espectáculo de mentalismo noir, la música siempre ha servido para inaugurar el festival, a menudo con jazz, ya sea en sus modalidades más clásicas o en fusión con otros géneros como la jota -sí, he dicho la jota-. Pero también hemos tenido un concierto como el que citas de 2017 con las mejores bandas sonoras del cine negro, otro de lírica en la iglesia de san Esteban e incluso una fiesta de clausura de los encuentros en la que los autores invitados debían resolver una serie de acertijos mientras sonaban de fondo una treintena de temas en los que el crimen está presente, desde el Delilah de Tom Jones hasta el I Shot the Sheriff de Bob Marley, pasando por Los cuatro detectives de Pepe da Rosa, los tres maridos envenenados de Massiel o la rumba carcelaria de Los Chunguitos. Momento memorable aquel, por cierto. Así que sí, VillaNoir sin música no sería VillaNoir.
El sábado aparece una figura especialmente interesante, León Siminiani, director de El caso Asunta, El caso Alcàsser y Apuntes para una película de atracos. Su presencia permite cruzar documental, crimen real y ficción. ¿Qué buscabas al incorporarlo al programa y qué crees que puede aportar a la reflexión sobre la evolución contemporánea del género negro?
La presencia de la pantalla -grande o pequeña- en VillaNoir era una de nuestras asignaturas pendientes. Si bien en las primeras ediciones solíamos arrancar con la proyección de una película del cine negro más clásico y en alguna ocasión hemos tratado sobre la adaptación de determinadas novelas al cine o televisión, nunca nos habíamos acercado a la visión que puede aportar eso que ahora se denomina docucrime y que combina el documental con la investigación de un crimen real.
Por tanto, no podíamos dejar pasar la oportunidad de contar con un profesional como León Siminiani, director de los trabajos que citas y que tan bien encajan en nuestro festival y con una carrera impresionante en las que ha sido galardonado con un Goya, un Feroz, un Premio del Público Versión española o en el Europa Cinema entre otras distinciones.
Poder tratar con él de esos crímenes que todos tenemos en mente o de su acercamiento a la vida real de un delincuente habitual como el de Apuntes para una película de atracos no tiene precio y seguro que nos aporta una visión del género negro que hasta ahora desconocíamos.
El true crime ya apareció expresamente en VillaNoir en 2021 y desde entonces ha experimentado una auténtica explosión en plataformas, pódcast y documentales. ¿Cómo ves esa evolución? ¿Está enriqueciendo el género negro o existe también el riesgo de convertir el crimen real en mero entretenimiento?
El tratamiento de un crimen real por parte de los medios de comunicación -en particular, la televisión- es un asunto muy delicado. Cuando morbo y audiencias se cruzan es muy difícil poner freno a ciertos despropósitos, y todos recordamos asqueados la cobertura que desde diferentes canales se dio en los años noventa a los asesinatos de Miriam, Toñi y Desirée en Alcàsser. Nunca olvidaré a esa “chica de Hermida” que hizo de los crímenes el denigrante espectáculo televisivo que inauguró la televisión sensacionalista en España.
Décadas después, la cosa no parece cambiar, y ahí tenemos las horas y horas de programación -no en programas rigurosos sino en esas tertulias televisivas en las que se puede analizar cualquier cosa- que se han dedicado al lado más morboso de casos como el de José Bretón, el asesinato de Diana Quer o el de Gabriel Cruz a manos de la pareja de su padre, Ana Julia Quezada.
Y ese es el peligro, que terminemos asumiendo ese tipo de programación como una parte más de la parrilla televisiva que está ahí para captar audiencia e ingresos por publicidad en lugar de ofrecernos trabajos serios por parte de profesionales con mucho que aportar como los dirigidos por Siminiani, y en este sentido me viene a la mente aquella serie que pudimos ver en Aragón TV, Grupo 2 Homicidios, que recreaba, con mucho rigor y cero espectáculo, unos cuantos crímenes que conmocionaron a buena parte de la sociedad aragonesa de los ochenta.

Una de las mesas lleva un título muy VillaNoir: “Los chicos de provincias somos así”, con Mar Aísa Poderoso, Pascual Martínez Pérez y Alfredo Benedí. ¿Qué hay detrás de ese título? ¿Existe una determinada forma de escribir género negro desde la periferia, desde las provincias o desde territorios alejados de los grandes centros urbanos?
El título de la mesa es una frase de un tema de Mestizos, banda formada por cinco chavales de Huesca: “Está en el aire”, publicado en su primer disco, “Por el día y por la noche”. Aquello era un garage rock enrabietado con la voz desgarrada de Juanjo Javierre que se convirtió en todo un himno generacional, un golpe dado sobre la mesa por unos jóvenes que querían gritar que en provincias -como se denominaba en el mundo de la farándula con cierta condescendencia a todo aquello que no fuera Madrid- también podíamos ser modernos aunque no tuviéramos un montaje tan publicitado como la movida. Por cierto, que la frase dio título a un disco grabado en el mismo año, 1986, con temas de cuatro bandas aragonesas, entre ellas los Más Birras de Mauricio Aznar.
Llevado a nuestro terreno, queremos mostrar que no toda la novela negra pasa por Madrid o Barcelona -como tampoco en su momento transcurría en Londres o Nueva York-, que también existe esa periferia en la que muchos autores desarrollan sus historias, que el crimen es igual en una gran urbe que en una ciudad como Logroño, Valladolid, Zaragoza o en un pueblo de Córdoba. Cambiarán los escenarios pero el fondo es el mismo.
Llevado a nuestro terreno, queremos mostrar que no toda la novela negra pasa por Madrid o Barcelona -como tampoco en su momento transcurría en Londres o Nueva York-.
Precisamente esa conversación enlaza con una de las grandes apuestas de VillaNoir: el Rural Noir. En 2022 creasteis un premio específico para reconocerlo y este año llega ya a su quinta edición. ¿Cómo ha evolucionado el noir rural durante estos años? ¿Sigue siendo una etiqueta útil o estamos ya ante una corriente plenamente integrada en el género?
Como decía antes, ni todo es Madrid o Barcelona o lo que esas ciudades representan en cuanto a tamaño, ni todo es el medio urbano. De hecho, lo de rural noir es etiquetar editorialmente algo que siempre ha existido dentro del género criminal y para comprobarlo no tenemos más que pensar en algunas novelas de Jim Thompson como por ejemplo “1280 almas”, que transcurre en un pueblo con precisamente ese número de habitantes, o en las protagonizadas por Miss Marple o el Padre Brown, entre otras muchas.
En mi opinión, esa etiqueta sirve para orientar al lector, para advertirle de que se va a encontrar con una historia que transcurre en un entorno más limitado en el que, en muchos casos, todo el mundo lo sabe todo de todos, en el que es muy difícil mantener un secreto, en el que muchas veces el origen del mal puede estar en el pasado familiar o en viejas rencillas… Mismos crímenes en otros escenarios y, tal vez, con otras motivaciones.
El V Premio Villanúa Rural Noir será para Pascual Martínez Pérez y su trilogía de Ernesto Pitana —La patria de los suicidas, El santo de Villalobos y El reino de Mataleón—. ¿Qué encontrasteis en su obra para considerar que representa especialmente bien aquello que VillaNoir quiere reconocer con este galardón?
Lo primero, aclarar que el premiado de cada año se elige por un sistema que sería algo parecido a un absolutismo democrático o una democracia orgánica como la que vivimos por estos lares durante unas cuantas décadas. Es decir, alguien del equipo habitual propone una novela, un personaje, un cómic o un autor -sin cerrar las puertas al cine o a otros medios de expresión- y en petit comité se valora su idoneidad, nada de grandes votaciones populares ni nada por el estilo en las que, en muchas ocasiones, siempre aparecen los mismos nombres.
Este año la sugerencia nos llegó a través de una buena amiga y conocedora del género que pensaba que la trilogía del sargento Pitana podía encajar perfectamente en nuestros planteamientos. Y, desde luego, la propuesta supero nuestras expectativas, pues reúne todos y cada uno de los aspectos que tenemos en cuenta: una alta calidad literaria, un gran personaje, unas buenas tramas y, por supuesto, un escenario alejado de las grandes ciudades, en este caso, la localidad cordobesa de Iznájar, a orillas del Genil, con sus paisajes interminables de olivos, cortijos y casas de campo diseminadas en sus alrededores y un calor insufrible a lo largo de casi todo el año.
Si a eso le añadimos la violencia justa y necesaria, frecuentes toques de humor y una buena dosis de corrupción en tres tramas independientes que permiten al lector conocer el entorno geográfico y la evolución de los personajes que lo habitan, disfrutan y sufren, la decisión estaba muy clara.
El premio también permite contar una pequeña historia del propio festival: Francisco Bescós, Teresa Cardona, María Pérez Heredia, Jaime Martín —primer cómic premiado— y ahora Pascual Martínez. Viendo juntos a los cinco galardonados, ¿empieza a definirse ya una determinada idea de lo que VillaNoir entiende por Rural Noir?
Antes hablaba, un poco en coña, de ese sistema un tanto absolutista de elegir a nuestros premiados, pero es que es cierto que cuando en muchos festivales se premia a la mejor novela, a la mejor primera novela, al mejor autor o autora novel… y se hace por votación popular, el mismo nombre es elegido en varios de esos festivales.
Cuando nos planteamos la posibilidad de instituir un premio, tuvimos claro que lo nuestro era el mundo rural y ahí nos debíamos centrar. Y que eso, hoy por hoy, nos obliga a hacer una labor de zapa rebuscando entre lo poco o mucho que se publica y que responda a nuestras exigencias. Hasta ahora, creo que hemos definido bastante bien nuestras preferencias y ya se va teniendo claro qué tipo de contenidos pueden acceder a este premio.

Otra mesa tiene un título igualmente provocador: “La familia que mata unida…”, con Leticia Sánchez Ruiz, Juan Infante, Susana Rodríguez Lezaun y Txemi Parra. ¿Qué os interesa explorar en esa conversación? ¿Por qué la familia sigue proporcionando un territorio tan fértil para el crimen literario?
Cuando la policía inicia la investigación de un asesinato, casi siempre lo hace por el entorno más cercano, ya sea el laboral, las amistades o la propia familia. Ya se sabe, un reflejo real del conocido dicho de “cuídate de tus enemigos, pero más de tus amigos”.
Para hablar de ello contamos con cuatro invitados que, en ocasiones, han explorado esta situación desde diversos puntos de vista, ya sea mostrando las relaciones domésticas que mantiene un investigador fuera de su ámbito laboral y los conflictos que pueden provocarle en el ejercicio de su profesión, los secretos de familia que comienzan a desvelarse cuando aparece un cadáver en escena, ese pasado que todos callan aunque finjan desconocer… Una charla que puede dar mucho juego, que todos sabemos los buenos ratos que pueden proporcionar una partida de Cluedo.
Hay nombres que regresan una y otra vez a Villanúa —Cristina Hombrados, Javier Marquina, Susana Rodríguez Lezaun, Txemi Parra, Rita Piedrafita, Juan Mari Barasorda…—. ¿Se ha creado alrededor de VillaNoir una especie de familia noir que constituye ya una parte importante de la identidad del encuentro?
Algunos de los nombres que citas -Cristina, Javier o Rita- ya son parte del equipo VillaNoir y el festival difícilmente existiría sin su aportación. Txemi se autoinvita siempre que le dejamos (risas) y Juan Mari es el comodín de la llamada, siempre dispuesto a colaborar en cuanto se requiere su presencia, ya sea como ponente o moderador.
Y hay autores que siempre tienen algo interesante que aportar. Y hay quienes han repetido porque cada vez que han aparecido en el escenario han dejado al público con la boca abierta, como la criminóloga Paz Velasco de la Fuente.
La familia crece, desde luego, nada que ver con aquel núcleo duro inicial en el que estábamos Ana, Miriam desde la biblioteca y un servidor.
Esa relación con los autores quizá sea difícil de medir desde fuera. ¿Qué te dicen quienes vienen por primera vez cuando conocen VillaNoir y qué hace que muchos quieran regresar?
Volvemos a lo de antes: el sentimiento de encontrarse como en familia que experimentan todos y cada uno de nuestros invitados. Son dos jornadas intensas en las que los autores desayunan, comen y cenan todos juntos, asisten a las mesas de los demás compañeros, comparten tertulias en torno a unas copas… Algunos ya se conocen de antes de venir; otros no y confraternizan desde el primer momento, intercambian teléfonos y correos antes de partir de vuelta a sus casas. Suele ser, como diría aquel, el principio de una gran amistad y hay quien se ofrece a volver al año siguiente aunque sea para colocar sillas en la sala.
Y, desde luego, otra de las cosas que valoran mucho es la cercanía con el público, algo que, por su parte, también el público agradece.
En 2023 VillaNoir vivió entonces su edición más multitudinaria, con llenos en todas las actividades, y en 2025 volvió a completar el aforo del Espacio Sarrios. ¿Ha cambiado también el público durante esta década? ¿Existe ya un espectador fiel que reserva ese fin de semana de octubre para venir a Villanúa?
Cuando celebramos la edición de 2023 por última vez en la sala acristalada del albergue Villanúa, con parte del público sentado en los pasillos o de pie en el exterior para seguir las distintas actividades -lo de los monólogos en clave de humor negro con que cerramos la edición fue ya apoteósico-, fuimos conscientes de que necesitábamos un espacio más amplio. El salto a Sarrios, con más del doble de aforo, fue todo un reto, con el miedo lógico a que aquello se quedase medio vacío. Pero arrancamos con una obra de teatro y llenamos la sala por completo, igual que en el resto de mesas que celebramos el sábado. Lo mismo sucedió con el espectáculo de mentalismo noir con el que inauguramos la edición de 2025 y en la jornada del sábado, teniendo que sacar sillas de donde no las había.
Así que, evidentemente, hay un público fiel que no se ha perdido ni una actividad a lo largo de todos estos años y otros que se han ido incorporando poco a poco o que se desplazan desde Cataluña, Madrid, Valencia, País Vasco o Castilla La Mancha para visitarnos. Pero el perfil del asistente creo que se va manteniendo: aficionados al género -no necesariamente frikis del mismo- con la mente muy abierta y dispuestos a disfrutar con todo aquello con lo que pretendemos sorprenderles.
El perfil del asistente creo que se va manteniendo: aficionados al género -no necesariamente frikis del mismo- con la mente muy abierta y dispuestos a disfrutar con todo aquello con lo que pretendemos sorprenderles.
Organizar diez ediciones permite también hablar de errores, experimentos y aprendizajes. ¿Qué cosas que parecían una buena idea en los primeros VillaNoir descubristeis que no funcionaban y qué habéis aprendido sobre cómo debe organizarse un encuentro de estas características?
Cuando nos planteamos organizar el festival, y ya que estábamos en el Pirineo, parecía una buena idea celebrar las jornadas a principios de marzo, cuando la nieve todavía suele hacer acto de presencia, algo bastante inusual, incluso exótico, para muchos de los invitados. Pero ya en 2020 -con algún coche fuera de la calzada- nos dimos cuenta de que aquello era bonito pero también un riesgo que no debíamos correr, así que, obligados por la pandemia, en 2021 retrasamos la fecha de celebración hasta mitad de octubre. Buena decisión no solo por el clima sino, como pudimos comprobar, porque hacer coincidir el festival con el puente del Pilar permite a muchos aficionados a desplazarse desde puntos más alejados, lo que ha contribuido de manera decisiva a tener un público más numeroso.
Otra cosa que hemos comprobado es que no podemos dar casi nada por imposible, y que si hay que traer a una autora desde París -por ejemplo- pues se busca el modo de hacerlo sin que suponga un gasto extra en el presupuesto.
Y también hemos aprendido a trabajar con mayor antelación, pues hay autores a los que queremos tener con nosotros como sea y que tienen muchos compromisos y debemos cerrar lo antes posible. Ah, y a tener un plan B y otro C por los imprevistos de última hora, que los ha habido y cada año.

Te pido ahora el ejercicio más difícil: de estos diez VillaNoir, ¿qué tres momentos, invitados o situaciones forman parte de tu memoria personal del festival y por qué?
Sin duda alguna, la edición de 2020, celebrada entre el 6 y 8 de marzo, no se nos olvidará nunca, ni al equipo organizador ni a ninguno de nuestros invitados de aquel año. Tuvimos una nevada que hizo que unos cuantos participantes se quedasen tirados en la carretera -incluso un pequeño accidente de circulación padecimos- y que casi nos quedásemos aislados en el restaurante en el que cenamos la primera noche, con veinte o treinta centímetros de nieve en las calles y solo mi coche habituado a esos fenómenos para trasladarlos de allí a los alojamientos en grupitos de tres o cuatro. Y ellos encantados de la vida con la situación, oye. Por si fuera poco para no recordar esa edición, una semana después el país estaba confinado por el coronavirus y nos pasamos quince días controlando las redes sociales de quienes nos habían visitado para ver si alguno de ellos alertaba de síntomas y poder advertir al resto.
Otro momento muy emotivo fue la presencia de Teresa Valero y Juan Díaz Canales en 2023 que propició que una persona del público, venida expresamente para la ocasión desde Madrid, comprase uno sus cómics y lo donase, convenientemente firmado por los autores, a la biblioteca de Villanúa en agradecimiento al hecho de haber organizado una charla así.
O el concierto de lírica -sí, también hemos tenido en VillaNoir- de 2018 a cargo del bajo Jon Arretxe y la pianista Cristina Puente en la iglesia del pueblo, con parte del público saliendo a bailar. Bueno, esto no sé si decirlo, no vaya a leernos el párroco y se eche las manos a la cabeza.
Después de una década leyendo, escuchando y conversando con escritores, dibujantes, periodistas, criminólogos, cineastas y especialistas, ¿VillaNoir ha cambiado también tu propia manera de entender el género negro?
Siempre he sido un tanto heterodoxo en mi manera de entender el género y a la hora de abordar algunas lecturas que otros especialistas no considerarían como novela negra pura y dura y a las que no se acercarían ni con un palo. Tal vez eso me permite tener una visión más amplia -vete a saber, igual incluso errónea o desenfocada- que me hace disfrutar con la variedad de posibilidades que nos ofrece el género.
Pues bien, como sucede con el diafragma de una cámara de fotos, los diez años de VillaNoir y la posibilidad de tratar con profesionales de diferentes “negociados” y su manera de entender el mundo del crimen de ficción, me han permitido abrir todavía más mi objetivo consiguiendo que pase más luz a través de él y logrando así una amplitud de miras todavía mayor. Y espero que a quienes han asistido como público todas estas ediciones les haya sucedido algo similar.
Cuando termine esta décima edición y el domingo se cierre el último taller, ¿qué tendría que haber ocurrido para que Ricardo Bosque pudiera decir: «Este era el VillaNoir que quería para celebrar los diez años»?
Tres cosas fundamentalmente: que los invitados disfruten de la experiencia pirenaica y criminal; que el público llene el Espacio Sarrios y disfrute con cada una de las mesas y actividades que hemos programado; y que, cuando cerremos las puertas de la sala, veamos cómo la gente desfila para sus casas con una sonrisa en los labios y las ganas de no perderse la siguiente edición.
Y mirando hacia delante: después de diez ediciones, ¿VillaNoir necesita crecer o precisamente el reto consiste en seguir siendo pequeño, cercano y reconocible? ¿Cómo imaginas el encuentro cuando celebremos la decimoquinta edición?
En mi opinión, es fundamental mantener esa esencia e identidad que nos ha permitido hacernos con un hueco en el panorama nacional y ser un festival muy bien valorado.
Y quizás podríamos explorar la posibilidad de traer a algún autor internacional -lo que comentábamos antes de no cerrarnos ninguna puerta por difícil que parezca de franquear-, aunque es muy complicado por, como decíamos al principio, el tema de los accesos. Pero, desde luego, aunque nos visitaran Michael Connelly, Val McDermid o James Ellroy, nuestro objetivo siempre será seguir siendo un festival pequeño, cercano, reconocible y en el que nuestros invitados se sientan como en familia. Aunque ya se sabe: la familia que mata unida…
¿La decimoquinta edición? Como diría el Cholo, “partido a partido”.
